Читаем Zulú полностью

Maia quería hablarle, decirle que no se preocupara por lo de la otra noche, no era nada, un vecino le había arreglado la pared del salón, pintaría otros cuadros, más bonitos, hasta puede que hubiera encontrado a alguien dispuesto a venderlos, en la ciudad; ya no se buscaría más boy-friends para llegar mejor a fin de mes, si es que a él no le gustaba. Ali podría venir más a menudo, o quedarse el rato que quisiera, no tenían más que seguir haciendo como antes, sus códigos, sus caricias, no tenían más que hacer como si nunca le hubiera dicho nada…

Maia le acarició la nuca:

– ¿Seguro que estás bien? Estás muy pálido…

Un perro salió corriendo de debajo de las ruedas del coche. Neuman torció a la derecha.

Pese a lo disuasorio de los precios, los mendigos del barrio se agolpaban ante la puerta blindada de la taberna, pidiendo en la reja algo con lo que palmarla con una sonrisa en los labios; el hostel en el que vivía Ntombi, una construcción de bloques de piedra con tejado de chapa ondulada, estaba un poco más lejos. Aparcaron delante de la puerta blindada.

En los hostels no había intimidad ninguna, la higiene era deplorable, las condiciones de vida, humillantes, y la tuberculosis y el sida campaban a sus anchas; eran lugares peligrosos, el más puro producto del urbanismo de control propio del apartheid. Albergaban a trabajadores inmigrantes, hombres solteros, ex convictos y algunas familias pobres y sin ataduras, reagrupadas alrededor del «propietario» de una cama.

La amiga de Maia practicaba el phanding desde su llegada a Marenberg hacía cinco años, y compartía lecho con un camello del barrio, residente permanente. Gracias a él, Ntombi no tenía una litera de cemento en un dormitorio abarrotado sino una verdadera habitación, con un colchón, una puerta que se cerraba con llave y un mínimo de intimidad.

El hostel de Ntombi lo regentaba un coloured de párpados caídos tan simpático como un petrolero a la deriva. Neuman lo dejó ocupado con el cuaderno escolar que hacía las veces de registro. Saltaron por encima de los tipos que dormían en el pasillo y se abrieron paso hasta la habitación número doce.

Ntombi los esperaba a la luz de una vela, con un vestido ceñido de color rojo vivo. Era una mestiza bastante rellenita, corpulenta, de cutis ya ajado: una vez hechas las presentaciones, acomodó a Maia y a su protector en la cama y les ofreció un brebaje naranja que sacó de su neverita portátil antes de abordar el tema que los había llevado hasta allí.

Ntombi había conocido a Sam Gulethu hacía cinco años, cuando su destino de chica del campo la había llevado hasta Marenberg. Ntombi era joven entonces, apenas veinte años, todavía no sabía cómo distinguir un boy-friend de un violador patentado. Gulethu la había tomado bajo su ala, dormían aquí y allá, al capricho de los trapícheos de su amante. Este se jactaba de pertenecer a una banda, pero ella no quería saber nada de aquello, sólo quería sobrevivir. Gulethu era un tipo raro. Se hacía llamar Mtagaat, «el Brujo», y según él tenía dones: sobre todo tenía pinta de estar mal de la cabeza…

– Estaba enfadado con todo el mundo -explicó Ntombi-. Sobre todo con las mujeres. Me pegaba todo el rato. A menudo sin razón… En fin…

Ntombi dejó la frase en suspenso.

– ¿Por qué le pegaba? -quiso saber Neuman.

– Deliraba… Decía disparates… Decía que yo estaba poseída por la ufufuyane.

La enfermedad endémica que afectaba a las jóvenes zulúes y, según la terminología, las hacía sexualmente «fuera de control»… Un delirio paranoico que le iba como un guante al personaje de Gulethu…

– Usted no es zulú -observó Neuman.

– No, pero soy una mujer. Para él era suficiente.

Ntombi paseaba la mirada por la habitación, como si hubiera un lobo acechando.

– ¿Estaba celoso? ¿Por eso le pegaba?

– No… -Ntombi sacudió la cabeza en un gesto de negación-. No… Yo podía decir lo que quisiera, le traía sin cuidado. Había decidido que yo tenía la enfermedad de las jóvenes: me castigaba por eso. Se enfadaba de pronto, se enfadaba muchísimo, y me pegaba con lo primero que pillaba… Cadenas de bicicleta, palos, barras de hierro…

Nicole. Kate. Blancas o mestizas, ya no importaba.

– ¿La drogaba?

– No.

– ¿Y él sí se drogaba?

– Fumaba dagga -contestó Ntombi-: a veces también bebía, con los demás… En esas ocasiones yo prefería evitarlos.

– ¿Se refiere a los demás miembros de la banda?

– Sí.

– ¿Venían del extranjero?

– Venían sobre todo del shebeen de la esquina.

Neuman asintió con la cabeza. Junto a él, Maia permanecía inmóvil y callada.

– ¿Tenía Gulethu un rito? -prosiguió-. ¿Tenía una manera fija de pegarle?… ¿Algo relacionado quizá con sangomas o con costumbres zulúes?

Ntombi se volvió hacia su amiga, que la alentó con la mirada. Entonces se levantó y, a la luz de la vela, se quitó el vestido.

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