Читаем Zulú полностью

Empezó por los tatuajes de los dos tsotsis abatidos en la playa: un escorpión en posición de ataque, y esa sigla, o esas iniciales, «T. B.», tatuadas en la parte alta del brazo. Buscó entre las bandas fichadas por la SAP, en los archivos y en los datos disponibles, pero no encontró nada que se le pareciera. Amplió la búsqueda, y halló la información en una página web del ejército: «T. B.», las iniciales de ThunderBird, «pájaro de trueno», el nombre con el que se había bautizado a una milicia de niños-soldado que había luchado en el Chad, infiltrada desde Nigeria… El dashiki, su violencia, su ausencia total de compasión… Gatsha y Joey seguramente habían ido a parar a Sudáfrica, como otros miles, abandonados por la historia y, como es natural, se habían mezclado con los demás desgraciados y ex convictos que los esperaban por ahí… ¿Y qué tenían ellos que ver con Nicole Wiese? ¿Acaso trabajaban con Ramphele? Había un detalle que lo seguía preocupando: la iboga que Nicole y Stan habían consumido, esos frasquitos que la chica llevaba encima la noche del crimen y que ya había probado unos días antes del drama… Neuman vaciló, con la mirada perdida en la pantalla del ordenador. La angustia subió por sus piernas, dejándolo un instante clavado a la mesa. Esa opresión, siempre la misma, que le atenazaba el corazón…

Caía la noche por el cristal tintado del despacho. Hermoso suicidio…

Tecleó dos palabras: Zina Dukobe.

La información no tardó en aparecer. La bailarina que actuaba en el Sundance no figuraba en ningún fichero de la SAP, pero encontró lo que buscaba en Internet: nacida en 1968 en el bantustán de KwaZulu, hija de un induna [33] caído en desgracia por negarse a colaborar con las autoridades bantúes, Zina Dukobe había sido militante del Inkatha, defendía la cultura zulú, en retroceso desde la evangelización y los desórdenes políticos, a través de su compañía de música y baile, Mkonyoza, fundada hacía seis años… Mkonyoza: «luchar» en zulú, en el sentido de aplastar mediante la fuerza…

El grupo estaba constituido por músicos y amashinga, luchadores especializados en el arte marcial zulú, el izinduku, bastón tradicional, cuyos nombres variaban según la forma y el tamaño. Según la tradición, el izinduku permitía salvaguardar la expresión de la pertenencia a la etnia zulú, argumentando que la descontextualización y su explotación con fines políticos habían dado una imagen negativa de ese arte. La bailarina hacía referencia a las marchas de protesta zulúes durante el apartheid, cuando los miembros del Inkatha, y su jefe Buthelezi, habían reivindicado y obtenido el derecho a llevar los bastones tradicionales, hasta entonces prohibidos por el régimen, lo que había provocado revueltas y violencia entre éstos y los miembros del ANC, de mayoría xhosa. Con Mandela encarcelado, suponía legitimar la oposición zulú. Dividir para reinar mejor: una táctica que había desencadenado un baño de sangre.

Para muchos, el izinduku se había convertido en sinónimo de violencia y ya no de arte, ni siquiera marcial. Ya no se celebraban umgangela, esas competiciones interétnicas antes tan valoradas, tan sólo en las regiones con poca tensión política, y eso que la función de ese arte era la de integrar a los jóvenes en la sociedad y transmitir las normas de la comunidad, a la vez que constituía una manera de dominar cuerpo y mente: las actuaciones del grupo tenían como objetivo reconsiderar esa parte perdida de la cultura zulú modernizándola a la vez; vídeos, instrumentos eléctricos, sonidos…, la compañía tendía puentes entre el arte tradicional y las corrientes actuales, en aras de una cultura viva…

Neuman empezaba a calar a Zina Dukobe. Mkonyoza actuaba en Ciudad del Cabo desde el inicio del festival, y terminaba su gira en las discotecas del centro… Volvió a ver las cintas de vigilancia del Sundance. Se concentró en la del miércoles, la noche que Nicole no había ido a dormir al apartamento: las once, las doce, las doce y cinco, las doce y seis… Las doce y doce minutos: se veía a la joven estudiante salir de la discoteca, sola, como había comprobado el otro día con Dan… Neuman siguió viendo la cinta.

El portero, de espaldas, balanceaba el cuerpo de una pierna a otra, entraban clientes, otros salían, con la tez grisácea… Transcurrieron cuatro minutos, y entonces una silueta pasó delante de la cámara, sin sospechar que el ojo la vigilaba.

Neuman rebobinó la cinta, con un hormigueo bajo la piel: era un movimiento fugaz, pero habría podido reconocer esa silueta entre un millón… Zina.

4

– ¡Cuando mato a un blanco, mi madre se alegra!

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