Читаем Zulú полностью

La policía científica había registrado su casa, pero si su hermano pequeño, que se había quedado encargado de los negocios del mayor, tenía un escondite para algún posible alijo de droga, éste bien podía haber desaparecido con él. Se habían encontrado pocas huellas, todas de Stanley, y las preguntas a los vecinos no habían dado muchos resultados. La cabaña más cercana estaba deshabitada, y los marginales que vivían en la costa no se metían en los asuntos de los demás, y prueba de ello era que el cadáver del joven xhosa llevaba cuatro días pudriéndose. Algunos habían conocido a Sonny, «un tiarrón bastante tranquilo, que se ocupaba de su hermano pequeño» y a Stan, un chaval al que le gustaban mucho las motos y la moda. Nadie lo había visto nunca con Nicole Wiese -una rubita como ésa, se acordarían-. El único indicio que confirmaba su pista era que se habían encontrado varias huellas de la joven afrikáner en la camioneta utilizada el día del asesinato…

Fletcher levantó la cabeza del registro.

– Stanley Ramphele venía regularmente a visitar a su hermano -comentó-, pero no hay anotada ninguna visita en absoluto desde hace un mes…

Kriek se estaba limpiando las uñas con los dientes.

– Yo ni sabía que tuviera un hermano -dijo.

Uno de los funcionarios ahogó una risa a su espalda. Epkeen olvidó un instante lo sucio que era el jefe de los vigilantes y ese olor rancio a hombre encerrado que envenenaba el ambiente:

– ¿Podemos ir a una habitación tranquila para interrogar a Sonny?

– ¿Por qué? ¿Tienen intención de verle el agujero de bala?

– Pero qué gracioso es usted, Jefe.

– El Ramphele este no pone el culo ni a tiros -insistió Kriek-. ¡Y no lo digo yo, lo dicen los demás internos!

Los otros carceleros confirmaron sus palabras.

– ¿Y eso qué quiere decir? -se impacientó Fletcher-. ¿Que Ramphele está protegido?

– Eso parece.

– No se menciona en su expediente.

– Las bestias se devoran entre sí.

– ¿Qué dicen de él los soplones?

– Que tiene el culo duro.

– Parece que es un tema que lo apasiona.

– A mí no: ¡pero a ellos sí!

Kriek fue el primero en reírse, y su camarilla no tardó en imitarlo. Epkeen le indicó a Dan con un gesto que era mejor cambiar de aires. Kriek era exactamente de la clase de tipos que en el pasado lo molían a palos y luego lo dejaban tirado en una cuneta, dándolo por muerto…


Doscientos por cien de superpoblación, un índice de reincidencia del noventa por ciento, tuberculosis, sida, ausencia de cuidados médicos, canalizaciones atrancadas, colchones en el suelo, violaciones, agresiones, humillaciones…, Poulsmoor era una buena síntesis del estado de las cárceles de Sudáfrica. Como los internos no dejaban de aumentar, el Estado había encargado al sector privado la construcción de nuevos centros de detención, y la mayoría se remontaba a los tiempos del apartheid. En estas cárceles había muy pocos trabajadores sociales, la reinserción era una utopía, y la corrupción, endémica. Los índices de evasión batían todos los récords, con la complicidad de un personal mal formado, mal pagado o incluso criminal. Algunos detenidos debían pagar derechos de peaje para asistir a clase o participar en las actividades, mientras que otros, condenados a cadena perpetua, pasaban los fines de semana fuera de prisión. Como se daba el caso de que los guardias vendían nuevos detenidos al mejor postor entre los demás reclusos, el primer reflejo de éstos consistía en ponerse bajo la protección de alguno de los matones de la cárcel, que monopolizaban a las wifye, las «esposas», y daban carta blanca a los guardias.

Putas, drogas, alcohol, ocho sindicatos del crimen se repartían el territorio. En esta jungla, a Sonny Ramphele no le había ido demasiado mal. Para ello, había tenido que hacer un trato, como los demás. Había cogido sarna, o los piojos querían comérselo vivo (los cuidados de belleza nunca habían sido el fuerte de Sonny, nada que ver con el guapito de su hermano), pero había conseguido preservar su integridad: aguardaba el final de su pena, escuchando a sus compañeros pelearse por ver a quién le tocaba ir antes a las letrinas, cuando un vigilante lo sacó de su larga apatía.

Sonny refunfuñó -qué coño era esa gilipollez de visita médica…- antes de obedecer bajo los sarcasmos del guardia.

En los pasillos de la cárcel olía a col y a humanidad. Arrastrando invisibles grilletes, Ramphele franqueó dos puertas magnéticas antes de ser conducido hasta una habitación apartada, sin ventanas. Nada que ver con una enfermería: había una mesa, dos sillas de plástico, un tipo moreno y bajito de mirada penetrante y otro tipo más corpulento, que en tiempos debió de estar en forma, apoyado en la pared.

– Siéntese -dijo Fletcher, indicándole la silla vacía frente a él.

Como su hermano, Sonny era un xhosa alto y fuerte de cerca de metro ochenta y mirada oblicua: avanzó con el metabolismo del vago y se sentó en la silla como si estuviera cubierta de clavos.

– ¿Sabes por qué estamos aquí?

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