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Una bonita sonrisa, como ella, hecha pedazos.

10

Un camión de ganado pasó rugiendo por las ventanillas del Mercedes. El del taller le había arreglado la luna trasera con cinta aislante negra, pero el sol le mordía a través de la ventana del conductor. Epkeen llevaba horas conduciendo por la N 7 en dirección norte, hacia la frontera con Namibia. Había atravesado el Veld, el país afrikáner, quinientos kilómetros de colinas amarillas y llanuras desérticas donde no crecía nada más que viñas, y alguna que otra granja arrojada ahí, en mitad de la nada, como un hombre al agua. La imagen de Ruby contaminada se le venía a la cabeza al ritmo de las líneas discontinuas sobre el asfalto; ¿y si la triterapia de urgencia no funcionaba?, ¿y si el virus mutante resistía al tratamiento de choque? Se volvía a ver en la habitación, temblando por ella, cuando Terreblanche la había apuntado con su arma, y luego inconsciente, tendido sobre su cuerpo ensangrentado…

Llegó a Springbok al alba, agotado.

Springbok era la última etapa antes de la frontera con Namibia; la edad de oro de la explotación minera había pasado, hoy en día ya no había más que hamburgueserías de rótulos chillones, iglesias, algunas tiendas especializadas en la caza del venado y una colección de piedras semipreciosas detrás de un escaparate, el orgullo de Joppie, el dueño del Café Lounge. Epkeen aparcó el Mercedes en la puerta del local, el único abierto a esa hora en la gran calle desierta.

Sonaba en sordina una melodía de bóeremusier [44]. Plantado detrás de su mostrador lleno de escudos y mecheros vacíos pegados a modo de decoración, Joppie hablaba en afrikaans con otro paleto de trescientas libras de peso, tan grácil y elegante como una vaca cagando. Cabezas de springbok y de órix, que lucían para siempre en sus rostros una expresión de soberana indiferencia, adornaban las paredes…

– ¿Qué hay? -masculló el dueño.

Hasta su voz llevaba camisa de cuadros. Epkeen le pidió en inglés un café y se instaló en la terraza que daba a la calle principal. Se tomó una taza de agua caliente negruzca y esperó hasta que la armería abriera sus puertas para comprar un fusil de caza y una caja de cartuchos.

El vendedor no le puso pegas al ver su placa de oficial de policía.

– ¿Se ha peleado con un springbok? -bromeó el tipo, mirando de reojo sus heridas.

– Sí, una hembra.

– Ja, ja!

Un tropel de rubias embutidas en vestidos de volantes salía de la iglesia cuando Epkeen guardaba el fusil en el maletero. El café se le había puesto de pie en el estómago, como el ambiente de aquella ciudad perdida. Reanudó su viaje, saludando a las gruesas majorettes con una nube de polvo.

La frontera con Namibia estaba a unos sesenta kilómetros de allí. Brian detuvo el Mercedes delante de las casetas que hacían las veces de puesto fronterizo y estiró sus músculos maltratados por la carretera.

En verano, cuando el sol lo quemaba todo, no había muchos turistas. Dejó a una pareja de ancianos alemanes vestidos como para un safari ante el mostrador de inmigración, presentó su solicitud a la constable que se ocupaba de estampar sellos y consultó el registro de entradas: Neuman había cruzado la frontera dos días antes, a las siete de la tarde…

Trozos de neumáticos reventados, algún coche hecho polvo, un camión cruzado en medio de la carretera, un cuerpo bajo una manta, la Bl que atravesaba Namibia era una carretera especialmente peligrosa pese a las obras que se habían realizado los últimos años. Epkeen llenó el depósito y el radiador en la estación de servicio de Grünau, se comió un bocadillo a la sombra del mediodía y compartió un cigarrillo con los vendedores de mangos que dormitaban bajo sus sombreros de tela. La temperatura aumentaba conforme uno se adentraba por el desierto rojo. Las ovejas se habían refugiado bajo los escasos árboles, y los camioneros dormían la siesta bajo los ejes de sus vehículos. Llamó a Neuman por quinta vez aquella mañana: seguía sin haber cobertura.

– Pero qué coño haces, joder…

Brian hablaba solo. Los hombres solos siempre hablan demasiado, o no abren la boca… Una réplica de película. O de un libro. Ya no sabía… Dejó a los vendedores de la aldea de chozas de piedra que bordeaba la nacional y siguió su camino hacia Mariental, cuatrocientos kilómetros de línea recta a través de las mesetas peladas por el viento.

Poca gente vivía en el horno namibio: descendientes de alemanes que habían aniquilado a las tribus herero al principio del siglo pasado y que hoy en día trabajaban en el comercio o la hostelería, y algunas tribus nómadas, los Khoi Khoi. Lo demás pertenecía a la naturaleza. El Mercedes cruzó las áridas llanuras bajo un sol incandescente.

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