Читаем Rayuela полностью

– Hombre, por qué no. Ustedes no me necesitan.

Traveler preludió Malevaje, se interrumpió. Ya era noche cerrada, y don Crespo encendía la luz del patio para poder leer.

– Mirá -dijo Traveler en voz baja-. De todas maneras alguna vez te mandarás mudar y no hay necesidad de que yo te ande haciendo señas. Yo no dormiré de noche, como te lo habrá dicho Talita, pero en el fondo no lamento que hayas venido. A lo mejor me hacía falta.

– Como quieras, viejo. Las cosas se dan así, lo mejor es quedarse tranquilo. A mí tampoco me va tan mal.

– Parece un diálogo de idiotas -dijo Traveler.

– De mongoloides puros -dijo Oliveira.

– Uno cree que va a explicar algo, y cada vez es peor.

– La explicación es un error bien vestido -dijo Oliveira-. Anotá eso.

– Sí, entonces más vale hablar de otras cosas, de lo que pasa en el Partido Radical. Solamente que vos… Pero es como las calesitas, siempre de vuelta a lo mismo, el caballito blanco, después el rojo, otra vez el blanco. Somos poetas, hermano.

– Unos vates bárbaros -dijo Oliveira llenando los vasos-. Gentes que duermen mal y salen a tomar aire fresco a la ventana, cosas así.

– Así que me viste, anoche.

– Dejame que piense. Primero Gekrepten se puso pesada y hubo que contemporizar. Livianito, nomás, pero en fin… Después me dormí a pata suelta, cosa de olvidarme. ¿Por qué me preguntás?

– Por nada -dijo Traveler, y aplastó la mano sobre las cuerdas. Haciendo sonar sus ganancias, la señora de Gutusso arrimó una silla y le pidió a Traveler que cantara.

– Aquí un tal Enobarbo dice que la humedad de la noche es venenosa -informó don Crespo-. En esta obra están todos piantados, a la mitad de una batalla se ponen a hablar de cosas que no tienen nada que ver.

– Y bueno -dijo Traveler-, vamos a complacer a la señora, si don Crespo no se opone. Malevaje, tangacho de Juan de Dios Filiberto. Ah, pibe, haceme acordar que te lea la confesión de Ivonne Guitry, es algo grande. Talita, andá a buscar la antología de Gardel. Está en la mesita de luz, que es donde debe estar una cosa así.

– Y de paso me la devuelve -dijo la señora de Gutusso-. No es por nada pero a mí los libros me gusta tenerlos cerca. Mi esposo es igual, le juro.


(-47)

47

Soy yo, soy él. Somos, pero soy yo, primeramente soy yo, defenderé ser yo hasta que no pueda más. Atalía, soy yo, Ego. Yo. Diplomada, argentina, una uña encarnada, bonita de a ratos, grandes ojos oscuros, yo. Atalía Donosi, yo. Yo. Yo-yo, carretel y piolincito. Cómico.

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