Читаем FUENTEOVEJUNA полностью

Vos, ¿adónde residís


tenéis algunos soldados?


COMENDADOR: Pocos, pero mis criados;


que si de ellos os servís,


pelearán como leones.


Ya veis que en Fuenteovejuna


hay gente humilde, y alguna


no enseñada en escuadrones,


sino en campos y labranzas.


MAESTRE: ¿Allí residís?


COMENDADOR: Allí


de mi encomienda escogí


casa entre aquestas mudanzas.


Vuestra gente se registre;


que no quedará vasallo.


MAESTRE: Hoy me veréis a caballo,


poner la lanza en el ristre.


Vanse. Salen PASCUALA y LAURENCIA


LAURENCIA: ¡Mas que nunca acá volviera!


PASCUALA: Pues a la hé que pensé


que cuando te lo conté


más pesadumbre te diera.


LAURENCIA: ¡Plega al cielo que jamás


le vea en Fuenteovejuna!


PASCUALA: Yo, Laurencia, he visto alguna


tan brava,y pienso que más;


y tenía el corazón


brando como una manteca.


LAURENCIA: Pues ¿hay encina tan seca


como ésta mi condición?


PASCUALA: Anda ya; que nadie diga:


"de esta agua no beberé."


LAURENCIA: ¡Voto al sol que lo diré,


aunque el mundo me desdiga!


¿A qué efecto fuera bueno


querer a Fernando yo?


¿Casaráme con él?


PASCUALA: No.


LAURENCIA: Luego la infamia condeno.


¡Cuántas mozas en la villa,


del comendador fïadas,


andan ya descalabradas!


PASCUALA: Tendré yo por maravilla


que te escapes de su mano.


LAURENCIA: Pues en vano es lo que ves,


porque ha que me sigue un mes,


y todo, Pascuala, en vano.


Aquel Flores, su alcahuete,


y Ortuño, aquel socarrón,


me mostraron un jubón,


una sarta y un copete.


Dijéronme tantas cosas


de Fernando, su señor,


que me pusieron temor;


mas no serán poderosas


para contrastar mi pecho.


PASCUALA: ¿Dónde te hablaron?


LAURENCIA: Allá


en el arroyo, y habrá


seis días.


PASCUALA: Y yo sospecho


que te han de engañar, Laurencia.


LAURENCIA: ¿A mí?


PASCUALA: Que no, sino al cura.


LAURENCIA: Soy, aunque polla, muy dura


yo para su reverencia.


Pardiez, más precio poner,


Pascuala, de madrugada,


un pedazo de lunada


al huego para comer,


con tanto zalacotón


de una rosca que yo amaso,


y hurtar a mi madre un vaso


del pegado cangilón,


y más precio al mediodía


ver la vaca entre las coles


haciendo mil caracoles


con espumosa armonía;


y concertar, si el camino


me ha llegado a causar pena,


casar un berenjena


con otro tanto tocino;


y después un pasatarde,


mientras la cena se aliña,


de una cuerda de mi viña,


que Dios de pedrisco guarde;


y cenar un salpicón


con su aceite y su pimienta,


e irme a la cama contenta,


y al "inducas tentación"


rezalle mis devociones,


que cuantas raposerías,


con su amor y sus porfías,


tienen estos bellacones;


porque todo su cuidado,


después de darnos disgusto,


es anochecer con gusto


y amanecer con enfado.


PASCUALA: Tienes, Laurencia, razón;


que en dejando de querer,


más ingratos suelen ser


que al villano el gorrión.


En el invierno, que el frío


tiene los campos helados,


descienden de los tejados,


diciéndole: "tío, tío,"


hasta llegar a comer


las migajas de la mesa;


mas luego que el frío cesa,


y el campo ven florecer,


no bajan diciendo "tío,"


del beneficio olvidados,


mas saltando en los tejados


dicen: "judío, judío."


Pues tales los hombres son:


cuando nos han menester,


somos su vida, su ser,


su alma, su corazón;


pero pasadas las ascuas,


las tías somos judías,


y en vez de llamarnos tías,


anda el nombre de las pascuas.


LAURENCIA: No fïarse de ninguno.


PASCUALA: Lo mismo digo, Laurencia.


Salen MENGO, BARRILDO y FRONDOSO


FRONDOSO: En aquesta diferencia


andas, Barrildo, importuno.


BARRILDO: A lo menos aquí está


quien nos dirá lo más cierto.


MENGO: Pues hagamos un concierto


antes que lleguéis allá,


y es, que si juzgan por mí,


me dé cada cual la prenda,


precio de aquesta contienda.


BARRILDO: Desde aquí digo que sí.


Mas si pierdes, ¿qué darás?


MENGO: Daré mi rabel de boj,


que vale más que una troj,


porque yo le estimo en más.


BARRILDO: Soy contento.


FRONDOSO: Pues lleguemos.


Dios os guarde, hermosas damas.


LAURENCIA: ¿Damas, Frondoso, nos llamas?


FRONDOSO: Andar al uso queremos:


al bachiller, licenciado;


al ciego, tuerto; al bisojo,


bizco; resentido, al cojo;


y buen hombre, al descuidado.


Al ignorante, sesudo;


al mal galán, soldadesca;


a la boca grande, fresca;


y al ojo pequeño, agudo.


Al pleitista, diligente;


gracioso al entremetido;


al hablador, entendido;


y al insufrible, valiente.


Al cobarde, para poco;


al atrevido, bizarro;


compañero al que es un jarro;


y desenfadado, al loco.


Gravedad, al descontento;


a la calva, autoridad;


donaire, a la necedad;


y al pie grande, buen cimiento.


Al buboso, resfrïado;


comedido al arrogante;


al ingenioso, constante;


al corcovado, cargado.


Esto al llamaros imito,


damas, sin pasar de aquí;


porque fuera hablar así


proceder en infinito.


LAURENCIA: Allá en la ciudad, Frondoso,


llámase por cortesía


de esta suerte; y a fe mía,


que hay otro más riguroso


y peor vocabulario


en las lenguas descorteses.


FRONDOSO: Querría que lo dijeses.


LAURENCIA: Es todo a esotro contrario:


al hombre grave, enfadoso;


venturoso al descompuesto;


melancólico al compuesto;


y al que reprehende, odioso.


Importuno al que aconseja;


al liberal, moscatel;


al justiciero, crüel;


y al que es piadoso, madeja.


Al que es constante, villano;


al que es cortés, lisonjero;


hipócrita al limosnero;


y pretendiente al cristiano.


Al justo mérito, dicha;


a la verdad, imprudencia;


Перейти на страницу:

Похожие книги